8 consejos para hacer una clase motivadora

Un estudiante poco motivado podrá aprender listados de vocabulario y aplicar la gramática como si fuese una formula matemática, pero no retendrá la información, no interiorizará las estructures, no generalizará los conocimientos, practicará poco y en algunos casos acabará interrumpiendo y molestando en clase. Incluso con la clase más planificada y el profesor más cualificado, un estudiante desmotivado difícilmente aprenderá de una manera efectiva. 


Dedicar tiempo y recursos e implantar estrategias que mejoren la motivación es la mejor inversión que un profesor puede hacer. Como dijo Skinner, la motivación es la super autopista del aprendizaje. Los estudiantes motivados no solo aprenderán más y de una manera más significativa, el hecho de aprender y enseñar se convertirá en una experiencia divertida y altamente gratificante tanto para los alumnos como para el profesor. 


A continuación, presentaremos algunas estrategias que pueden ser utilizadas por el profesor para aumentar la motivación en el aula. 


 1. Crear un ambiente positivo en el aula 

Los alumnos necesitan sentirse en un ambiente donde se sientan valorados y respetados. Si perciben al profesor como alguien amable que los escucha, se preocupa y les apoya, se sentirán mucho más motivados por aprender. Uno de los elementos más poderoso en manos del profesor es saber utilizar de manera positiva el feedback que da a sus alumnos. El profesor crea un refuerzo positivo cuando reconoce y alaba el esfuerzo y trabajo duro de sus alumnos. A veces los profesores cometen errores de focalizar mucho la atención en las equivocaciones de los alumnos y olvidan felicitarles los aciertos. Celebrar el esfuerzo y la buena realización a menudo tiene unos efectos más positivos y prácticos que “castigar” los errores. El humor también puede convertirse en un gran aliado del profesor para alcanzar este buen ambiente en el aula. 


 2. Conocer a los alumnos 

Si se quiere hacer clases atractivas y motivadoras es imprescindible hacer un esfuerzo para conocer aquello que interesa y gusta a cada estudiante. La edad, el estilo de aprendizaje, la personalidad, el nivel de inglés… Son algunos aspectos a tener en cuenta a la hora de descubrir aquello que motiva a nuestros alumnos. El profesor ha de ser capaz de incorporar en su programación aquellos temas y actividades que mueven a sus alumnos. ¿Cuál es su cantante favorito? ¿Qué tipo de juegos prefieren? ¿Qué personajes les inspiran? ¿Cuáles son sus habilidades? ¿Qué les gusta hacer en su tiempo libre? ¿Qué música escuchan?…


 3. Implicarles en el funcionamiento del aula 

Una manera efectiva de fomentar la responsabilidad, la implicación y la participación es proporcionar a cada alumno una tarea dentro del aula (borrar la pizarra, escribir la fecha, repartir los libros…). Dar oportunidades de escoger en momentos concretos el tipo de actividades que se llevará a cabo – por ejemplo, qué juego se hará al final de la sesión, escoger una canción, etc.- ayudan a que los alumnos se sientan más participes del funcionamiento de la clase. Su implicación y compromiso también mejorará si se permite a los alumnos participar en la definición de normas de clase, éstas no se verán como algo impuesto sino como a un objetivo a alcanzar. Los alumnos también se sentirán más reconocidos y aceptados si se fomentan actividades que les permitan mostrarse al grupo como las actividades de “show and tell”. Las producciones de los alumnos pueden ser expuestas orgullosamente en el aula. Esto envía al estudiante el mensaje de que ellos son participantes activos en la creación de conocimiento y no meros receptores pasivos. El sentimiento de pertenencia al grupo también aumentara si los alumnos participan en la decoración del aula (pósteres, exposición de trabajos…).


 4. Establecer objetivos claros 

Cuando las expectativas son claras y transparentes, los estudiantes saben hacia dónde se dirige su esfuerzo y están motivados para llegar porque el camino es visible y accesible. Trabajar con objetivos diarios, semanales y anuales da a los alumnos un propósito y un sentido por su esfuerzo. Los objetivos diarios de aprendizaje o de comportamiento han de ser verbalizados, apuntados en la pizarra o, incluso, plasmados en carteles y pósteres, de manera que estén muy presentes durante cada sesión. Establecer un objetivo del día al inicio de la lección da a los estudiantes un propósito para su aprendizaje. Es bueno e imprescindible que, al acabar la sesión, la unidad o el trimestre, se establezcan mecanismos que permitan conocer si efectivamente se han alcanzado los objetivos marcados.


 5. Ofrecer incentivos

Establecer objetivos motiva a los alumnos a participar, pero a veces los estudiantes necesitan una ayuda extra en la dirección adecuada. Ofrecer pequeños incentivos hace el aprendizaje más divertido y añade un punto de motivación extra para esforzarse. Los incentivos pueden variar desde un pequeño privilegio a un estudiante ejemplar (ser el primero de la cola), hasta a una gran recompensa grupal (dedicar una sesión a hacer juegos). Es muy importante que los incentivos no impliquen un coste económico y que sean más un reconocimiento de un esfuerzo o una faena bien hecha que una recompensa material, no pretendemos sobornarles. 


 6. Ser creativos

Sed creativos: utilizad carteles, ofreced ayudas visuales y esquemas, mostrad películas, traed materiales reales, despertad la imaginación y haced juegos. Si en vuestras clases hacéis lo mismo todo el día, empezaréis a ser aburridos y repetitivos. Hace falta mirar los materiales y los contenidos que estáis enseñando y pensar cómo podéis transformarlos en una actividad más significativa, participativa y divertida. Quizás podéis practicar una nueva estructura en inglés mediante una mini obra de teatro o podéis convertir una lista de nuevo vocabulario en una canción que ayudara a hacerlo más memorable. También podéis fomentar que los estudiantes colaboren y trabajen juntos en actividades grupales; ésta es una manera excelente de ayudar a los estudiantes a motivarse mutuamente. 


 7. Ofrecer variedad de actividades 

Ofrecer actividades variadas a lo largo de la sesión también es una garantía para mantener el interés y la motivación de los alumnos. Un motivo importante es que todos, adultos y niños, tenemos un intervalo de atención limitada. El intervalo de atención de una persona se refiere a la capacidad que este individuo teiene para mantener su concentración en una sola tarea o estímulo, sin distraerse. A la hora de programar actividades en el aula se ha de tener en cuenta que la media de atención varía según la edad: siete minutos para niños de dos años; nueve minutos para niños de tres años; 12 minutos para niños de cuatro años; 14 minutos para niños de cinco años… Hasta un máximo de (solo) 20 minutos en adultos. Así pues, si queréis que vuestros alumnos os presten un poco de atención durante vuestras clases de 60 minutos es importante que tengáis preparar cinco, seis o siete minutos. Otro motivo importante para utilizar actividades variadas es que todos aprenden diferentes. En cada aula existen alumnos con diversos estilos de aprendizaje: visuales, tácticos, verbales y más reservados. Es responsabilidad del buen profesor descubrirlo todo conociéndolos y esforzándonos para enseñarles en consecuencia.


 8. Enseñar con entusiasmo 

La palabra entusiasmo deriva del griego antiguo enthous, que significa «poseído por un dios» y, ciertamente, el entusiasmo convierte al profesor en un gigante en el aula. Un profesor que enseñe con entusiasmo a menudo condimenta la clase con ilusión, diversión y anticipación; implica que los estudiantes participen; y los estimula a explorar. 

Así, el entusiasmo de los profesores despierta la curiosidad de los estudiantes y los motiva a aprender. El mayor beneficio del entusiasmo es que es viral y, por tanto, cuando hacéis clase con entusiasmo, también inspiráis a los alumnos que, por tanto, harán sus tareas con más esfuerzo y energía. Si os fijáis en vuestra propia experiencia vital como estudiantes, probablemente coincidiréis que los profesores que más os han inspirado y dejado una mayor huella son los que enseñaban su materia con más entusiasmo y pasión, tomadlos como modelo. 

In you I trust (confío en ti)

Educar en valores en el aula

El valor de la Confianza se podría definir como la creencia o la esperanza que tiene un individuo en que, un grupo u otra persona, sea capaz de actuar de una forma adecuada en una situación determinada. De puertas adentro, la confianza dota a las personas de seguridad en sí mismas, en sus cualidades y aptitudes. Es un valor que se consigue difícilmente y se pierde fácilmente.

 

 

Es válido decir que uno de los tipos de confianza más básicos es la autoconfianza. La autoconfianza se retroalimenta y crece a medida que el individuo se ve capaz de hacer frente a diferentes situaciones independientemente del resultado y más bien focalizando en el proceso, en el camino. Potencia el desarrollo personal porque es precisamente la mejoría en la destreza para manejar los problemas y la capacidad para tolerar el estrés de los mismos, la que hace que la persona confíe en sus propias habilidades. De hecho, las personas con una autoconfianza elevada suelen ver los problemas como desafíos y a menudo se animan fácilmente y son comprometidos.

 

No la confundamos con la autoestima, que es la valoración global que se tiene de uno mismo. Pero en el ámbito educativo la confianza también está presente en otras formas y con otros protagonistas, el sistema educativo, la escuela y su proyecto, el personal directivo, profesores, padres y madres y también agentes externos como lo son proyectos extraescolares. Es una realidad que la educación está cambiando para bien porque todos los que participamos en ella somos conscientes de lo importante que es potenciar la base de los valores y las fortalezas emocionales de quienes aprenden y de nosotros mismos.

 

 

Confiar es una de las virtudes más importantes para hacer que las relaciones interpersonales funcionen y sean duraderas. La confianza en los demás es clave en la escuela y la confianza alumno-profesor-alumno es condición sine qua non para que el aprendizaje suceda. Es una relación bidireccional entre quien confía y en qué o en quién confía. Si alumno y maestro construyen este vínculo, aumentará el compromiso y la entrega con que ambos asumirán su labor.

 

 

Nuestro alumnado necesita estar convencido de que su entrega, su tiempo y sus ganas cumplen el propósito de adquirir un idioma nuevo, una manera más de comunicarse, una llave para abrir puertas hacia caminos profesionales y que además le hagan sentirse más completos y mejores.

 

 

Y es aquí donde es necesario la confianza emocional. Aprender a conocer, a hacer, a ser y convivir con y a través de las emociones es un proceso continuo y permanente que incide en el desarrollo de la confianza.

 

 

La práctica da confianza y creer en las habilidades y aptitudes intrínsecas de cada uno es necesario para que los vínculos externos con el sistema, escuela, maestros y sociedad en general sean estables y responsables.

 

 

Ninguna relación importante puede sobrevivir cuando la confianza se pierde por completo”. (Paul Ekman)

 

 

Por eso, vale la pena confiar y entonces poder afincar la educación sobre la base de los valores humanos.